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El Almuerzo / The Lunch (Spanish)

Una tarde de verano, en 2007

El sol brilla en el cielo. Ya es mediodía, cuando los pintores toman el almuerzo, en la sombra del cualquier árbol, cualquier lado del edificio, o cualquier esquina que esté cerca del trabajo del día. Dejan, por cuarenta y cinco minutos, su trabajo. Dejan, por cuarenta y cinco minutos, los cepillos, los jarros de las pinturas (el rojo del ladrillo y el color arena), las mangueras. Bajan de los escaleras dobles, de los escalones de los pórticos. Bajan de los lados del edificios, bajan de los tejados. Sacan su comida, se reúnen delante del viejo y sucio microonda, y se hablan, las caras y los brazos y la ropa blanca chapoteados con pintura. Con pintura en el pelo, en las pestañas, en las mejillas, con pintura en los dedos, se sientan en cuclillas, se recuestan en la barrera, se apoyan en el pavimento y en el asfalto. Descansan. Descansan y se hablan y comen su almuerzo, hecho por tías, por hermanas, por cuñadas, por primas — y algunas veces, por sí mismos — en casa esa mañana. La comida es de Guatemala, porque ellos son, cada uno, guatemaltecos.

Han superado mucho para venir aquí, buscando trabajo y la promesa, un día, si trabajan muy duro, de una vida mejor. Enfrentaron inseguridad y hambre y gran peligro. Enfrentaron bandoleros al sur de la frontera y los agentes de policía al sur y al norte. Y con su vida aquí, no han parado las dificultades. Están lejos de sus familias, de sus amigos, de sus novias y esposas, lejos de todo lo que conocen, en un país insondable y, más y más, poco amistoso. Viven aquí frecuentamente con alguien de la familia que llegaría antes, quizás hace años, alguien que ha hecho ahora una vida aquí, con esposa e hijos. Viven con familia, pero con frecuencia se sienten intrusos, en casas ya llenas de gente, sin lugar propio. Para empeorar las cosas, vienen aquí para ahorrar dinero, para construir un futuro, pero cuando llegan ya son deudores de alguien, aquí o allá, por el pasaje con el coyote. El pasaje es demasiado caro y le han pedido prestado el dinero a alguien.

Por todo, han aventurado hasta la muerte para venir aquí, pero ahora ellos tienen que sobrellevar una vida privada, como una muerte pequeña cada día. Trabajan duro y desfrutan poco. No pueden salir de casa sin miedo. Siempre viven en las sombras, aunque trabajan (y se envejecen) en el sol. Y todo, todo por aquí, es muy caro. A más que esto, la mayoría de estos pintores son muy jóvenes y todavía — en este momento, en este almuerzo, y es probable por largo tiempo — no saben que precio al fin habrán pagado. Y si, al fin, el precio valdrá lo que se ha costado.